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TERTULIA


Me hubiera gustado haber conocido a William Blake. Sus letras son fascinantes y están llenas de simbolismo. Pero Neville realmente dio en el clavo al conectar esta enseñanza metafísica con las Escrituras. A mí me cuesta mucho entender, comprender y aceptar que los antiguos que las escribieron fueran seres con tanta sabiduría, que hayan ocultado estos principios y leyes detrás de historias. Es como si hubiesen sabido que era la única forma de preservarlos a lo largo de los siglos.

A veces me cuesta hablar de estos temas porque son muy personales. Sin embargo, pienso que la experiencia propia, analizada teniendo a la conciencia como centro, me da un grado de claridad muy grande en mi camino. Es algo que practico siempre. Detrás de cada situación, incluso cuando reacciono, siempre regreso a la conciencia. Siempre busco la respuesta ahí, y la solución siempre ha estado ahí. Toda la experiencia está contenida en la conciencia, porque ahí está la respuesta a todo.

En otras publicaciones les he compartido muchas situaciones de mi vida. Me gusta llamarlas experiencias místicas, y en otros casos podrían parecer magia. No quiero volver a mencionarlas, pero sí me gustaría agregar algo que hoy recordé. Es una experiencia del pasado, mística, que hasta ahora viene a mi memoria. Nunca la analicé. Fue una experiencia que no tiene lógica ni encaja del todo en esta realidad.

Fue un día de verano. Fui a la playa con un amigo. Llegamos, nos tendimos al sol y todo era simplemente perfecto. Pasaron los minutos y de pronto comencé a notar que el cielo estaba completamente limpio. El sol estaba radiante, pero no quemaba. Se sentía la brisa del viento, pero no había sensación de temperatura, hasta que la brisa cesó. Era como estar en un espacio neutro, sin calor ni frío, como si el tiempo se hubiera suspendido. Una especie de pausa en la realidad.

En un momento miré a mi alrededor durante unos segundos y tuve una percepción muy extraña y muy clara. Todo estaba congelado. Nada ni nadie se movía. Miré a mi amigo y estaba completamente quieto. Miré un pájaro que estaba cerca y era como una fotografía detenida en el aire. No había movimiento, no había ruido interno, solo presencia.

Creo que pasaron menos de diez minutos durante esta experiencia. Quiero creer que fue conciencia pura observando, como si mi yo individual se hubiese ausentado por completo. Fue como si Dios mismo fuese quien estaba observando, algo que podía entender por esa capacidad de detener el tiempo.

Sentí como si mi yo se hubiese desinflado, como un muñeco inflable, mientras esta otra conciencia era la que experimentaba el evento. No sé cómo explicarlo mejor. He pensado muchas cosas sobre ello con el paso del tiempo. Pero, aun así, la sigo manteniendo en la categoría de experiencia mística.

 

 

Es la sensación más hermosa que he experimentado. Algo que solo puedo describir como el tiempo del no tiempo, o un instante fuera del tiempo.

No fue voluntario, fue un regalo. Así como he recibido muchos regalos en la vida, los suficientes como para saber que somos una conciencia viva y que existen cosas inexplicables por las cuales vale la pena vivir, y buscar su respuesta, o al menos intentar comprender su naturaleza a través de la conciencia.

En marzo del año 2020 volví a vivir una experiencia similar, pero esta vez en un lugar completamente distinto. Ya no estaba la sensación de perfección del entorno, ni el sol, ni la playa. Esta vez estaba en mi casa, en la sala, frente a un reloj de pared.

No había intención de nada. No estaba buscando ninguna experiencia ni esperando que ocurriera algo. Simplemente, en un momento, mi mirada se posó en el reloj. Y entonces ocurrió. No pude mover la cabeza ni cerrar los ojos. Mi atención quedó completamente fija en ese punto. Fue como si algo hubiese tomado el control de la observación.

En ese instante, el reloj se detuvo.

Recuerdo con mucha claridad el momento en que la espera comenzó a despertar sospechas. ¿Ya habría pasado un minuto? ¿Faltaban aún algunos segundos? Toda mi mente estaba enfocada únicamente en esperar el movimiento de una manecilla. No había pensamientos dispersos, solo atención sostenida.

Todos tenemos una noción básica del tiempo, y la más elemental es el cálculo del minuto. Sabemos cuándo un minuto termina sin necesidad de contar ni razonar. Es una percepción casi instintiva. Por eso, cuando ese minuto no terminó, la evidencia se volvió imposible de ignorar.

Ese reloj y yo, junto a él, quedamos congelados en el tiempo. Fue como si alguna fuerza, desde un lugar que no sabría nombrar, hubiese puesto todo en pausa, como quien detiene una escena para ir por un vaso de agua. No hubo miedo, no hubo sorpresa inmediata, solo una suspensión total.

Lo más cercano a la verdad es decir que no pasaron más de diez minutos, tal como en la experiencia anterior. Y entonces, de pronto, la manecilla se movió. El tiempo retomó su curso. En ese instante pude retirar la mirada del reloj y volver a moverme, como si nada hubiese ocurrido.

Pero algo sí había ocurrido. Y, como la primera vez, quedó grabado no como un hecho lógico, sino como una experiencia que desafía cualquier explicación simple.

 

Esta es una constancia escrita de estas dos experiencias místicas, dejada aquí para que, en algún momento, alguien pueda visitarla y leerla. Mis años con mayor número de experiencias fueron los de mi niñez, adolescencia y juventud.

De niño, mi tema recurrente fue el dinero. Me encontraba dinero por todas partes: en los buses, en los parques, en la escuela. Monedas, billetes, aparecían una y otra vez.

 

Fue en esos años cuando, por primera vez, me planteé la idea de que la realidad se crea con la imaginación. Algo había sido imaginado y ese algo se había manifestado. Fue tan fresco, tan rápido, que no perdí la memoria de ese estado imaginativo previo. La experiencia fue inmediata, casi simultánea.

Todos manifestamos eventos que antes fueron imaginados, pero el tiempo suele borrar el recuerdo del estado interno que los precedió, y así se vuelve imposible unir los puntos. En mi caso ocurrió tan rápido que, en ese momento, la única conclusión a la que pude llegar fue que la mente influía de una manera muy extraña y profunda en la experiencia de la vida.

Fue una billetera. Tendría unos siete años más o menos y caminaba hacia la casa de mi primo, que estaba a algunas calles más adelante, y en el trayecto empecé a jugar con una idea. Imaginé que más adelante, en el camino, había una billetera llena de dinero. Miraba un punto en la distancia y pensaba que cualquier bulto que se veía desde lejos podía ser esa billetera llena de dinero.

Jugué con esa imagen en mi mente mientras avanzaba sin esfuerzo, sin expectativa, casi como un juego inocente. Caminando como un niño juguetón, pateando piedras y con el alma feliz. Y entonces mi pie chocó con la misma billetera llena de dinero que había estado imaginando. Y no solo dinero, sino que llena de dólares. Prácticamente no hubo distancia entre lo que imaginé y lo que apareció frente a mí.

Supongo que a eso podría llamarse una manifestación inmediata o espontánea. Lo cierto es que, después de esa situación, algo se movió profundamente en mí. De manera inmediata empecé a cuestionar la realidad y su orden, preguntándome qué tan firme era eso que damos por hecho y cuánto participamos realmente en lo que experimentamos, no con el razonamiento con que se los relato ahora, sino que con un razonamiento del niño que vivió esa experiencia. Pero debo decir que ese tipo de experiencias te elevan de conciencia porque son cosas que van más allá de la comprensión.

 

Lo que hice después fue ponerlo a prueba. Intenté repetirlo conscientemente. La primera vez ocurrió, la segunda vez no. Y al no repetirse, deseché la idea. La guardé en algún lugar de mi conciencia y seguí adelante, como si no tuviera mayor importancia.

Y ahora, aquí estoy, hablando de todo esto. Mirando hacia atrás, viendo cómo esas preguntas tempranas nunca desaparecieron del todo, solo esperaron el momento de ser comprendidas desde otro lugar.

Bueno amigos, eso es todo. Es mi historia, mis experiencias, y quería compartirlas con ustedes el día de hoy, así sin más, así sin remate, sin cierre, solo con un saludo y un deseo de que la paz y la abundancia estén siempre con ustedes.

 

Marcos Sanz.


 

 
 
 

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